Un diálogo que revela la fragmentación del sistema universitario y la urgencia de una nueva arquitectura científica.
Sin ciencia no hay desarrollo.
Contexto: Dos conversaciones con dos académicos peruanos. Uno trabaja en una universidad pública de Lima (la más emblemática del país). El otro, en una universidad pública de provincia (Trujillo). Sus perspectivas, aunque distintas, revelan la complejidad y heterogeneidad del sistema universitario peruano en 2026.
Esta conversación nace a partir del envío de un documento preliminar por el interlocutor sobre la Cumbre Iberoamericana sobre Ciencia, Universidad y Desarrollo Nacional. La intención inicial era recoger comentarios sobre la viabilidad del evento. Lo que surgió fue algo inesperado: un contraste frontal de percepciones sobre el estado real de la universidad peruana.
La Cumbre no está pensada como un congreso científico tradicional ni como una sucesión de ponencias técnicas. Tampoco busca sumar un evento más al calendario académico. Su propósito es más profundo: abrir un espacio comparativo y humano donde académicos iberoamericanos compartan cómo viven y trabajan, qué condiciones institucionales tienen, cómo construyen escuelas científicas sólidas y qué tipo de arquitectura estatal sostiene su labor.
La propuesta parte de una convicción clara: el Perú no carece de talento. Cuenta con investigadores dentro y fuera del país, con jóvenes doctores formados en el extranjero y con una diáspora académica activa. Sin embargo, falta una política científica nacional coherente, con conducción estratégica y articulación institucional que transforme esfuerzos individuales en capacidad país.
Ejes centrales de la Cumbre:
Al compartir este documento con colegas de distintas regiones del país, surgió un intercambio particularmente revelador con un profesor de una universidad pública de Lima y otro de provincia. El diálogo mostró que las percepciones sobre la universidad peruana actual pueden variar considerablemente entre capital y regiones.
Bueno, en primer lugar, debo decirte que la situación ahora no es la de los años 80-90. Con la nueva ley universitaria, hay una fiebre por la actividad científica. Todo el mundo quiere investigar y busca formas de participar en grupos de investigación. La gente organiza febrilmente eventos como congresos, conferencias, workshops, talleres.
Hoy los profesores no ganamos mal para los estándares de Perú. Un principal recibe 9 mil soles, casi 3 mil dólares. Y si trabajan en 2 o 3 universidades, pues la gente lo que quiere es ganar más dinero y deshecha todo lo demás.
Bueno, lo que me comentas me sorprende porque en Lima la realidad no siempre es la misma. He visto docentes trabajar en dos universidades, sin infraestructura adecuada y con una carga académica elevada. Trabajan incluso siendo muy mayores porque de otro modo sus salarios se reducen al mínimo. Comen menús de 13 soles, no tienen un auto para ir al trabajo, no tienen oficinas para trabajar, no tienen ninguna capacitación y, para colmo, se les obliga a una evaluación periódica exigente cada cinco años y si no estás en la argolla, chau. La percepción en la capital puede ser distinta.
Entonces mi pregunta es: ¿hasta dónde es cierto lo que me han dicho? Porque tengo un recuerdo de los 80 de cómo era la universidad y por eso notaba que nada había cambiado, porque no veía una política de investigación científica nacional clara y coherente.
En mi universidad, creo que soy el único con un carrito sedán viejito. Todos los principales tienen camionetas nuevas 4x4.
Eso no lo sabía. Y me alegra si es así. La última vez que fui a Perú, a San Marcos, tuve una impresión que ahora veo equivocada.
Ahora hay un frenesí de actividades. Todos invitan a sus coautores del extranjero y organizan workshops. La gente no alcanza a ir a todo.
De verdad me sorprendes. Tenía una narrativa de la universidad de mis colegas de San Marcos totalmente distinta.
Lo que falta es que haya menos burocracia en CONCYTEC y SUNEDU. Y que los que trabajan ahí sean profesionales que entienden de investigación. Porque la mayoría de sus funcionarios son jóvenes, bachilleres recién salidos, que no saben ni dónde están parados.
Una propuesta llamativa sería reorganizar el sistema de investigación y desarrollar una política de incentivos para promover la repatriación de científicos.
Pues esa es justamente la misión de un verdadero centro de I+D. El Perú no tiene una política científica nacional coherente con conducción política al más alto nivel. En Perú no falta el ladrillo, falta el plano arquitectónico.
Es verdad. Y desarrollar una política de incentivos para promover la repatriación de científicos. Mucho más si tus votantes son los que viven en el extranjero.
Con un centro, lo esencial es hacer escuela. Repatriar no es necesario; si la gente viene, bienvenidos. Lo más importante con los que están fuera es la conexión, y eso sí hay que facilitarlo, consolidar grupos sólidos, con masa crítica, continuidad y conexión internacional estructurada.
Es verdad. Hoy el trabajo de los que estamos acá es como coautores en grupos de investigación del extranjero. Pero también hay cientos, sino miles, de jóvenes con PhD que están fuera, sólo con postdocs. Nada seguro para ellos. A esos habría que promover su retorno.
La conexión con la diáspora científica debe facilitarse institucionalmente. El talento que está fuera puede colaborar activamente sin necesidad de retorno obligatorio.
Un centro articulador, conectado con universidades y centros tecnológicos, permitiría consolidar escuelas interdisciplinarias. Incluso un estudio profundo sobre nuestros orígenes —desde arqueología y genética hasta física y cómputo avanzado— requiere una arquitectura científica integrada.
La idea de una cumbre sería convocar académicos latinoamericanos para dialogar no solo sobre ciencia, sino sobre sus trayectorias, condiciones laborales, carga académica, apoyo institucional y políticas públicas. Humanizar la discusión puede ser más revelador que cualquier congreso técnico.
A continuación, la reflexión de un colega de la región que ha leído este documento con atención. No pretende ser una respuesta definitiva, sino una contribución más al debate que aquí se abre.
La frase final: "Pasemos del diagnóstico a la arquitectura institucional". Esa es la clave. En América Latina somos expertos en diagnosticar, en quejarnos, en señalar problemas. Pero pasar de ahí a construir instituciones sólidas, con planos, con cimientos, con equipos... eso es lo difícil. Y este documento apunta justamente a eso.
La Cumbre que se propone no es para hablar de ciencia, es para hablar de cómo se hace ciencia. Y eso implica hablar de sueldos, de cargas horarias, de oficinas, de viajes, de apoyos, de burocracia. Es decir, de la vida cotidiana de los académicos. Eso es revolucionario.
Si este documento te ha interpelado, te invitamos a sumar tu propia experiencia y reflexión:
La Cumbre quiere ser el lugar donde académicos, gestores, estudiantes y políticos diseñen juntos las instituciones que necesitamos. Si quieres sumarte, tienes ideas o conoces a alguien cuya experiencia debería estar en esta conversación, este es el momento.
En el Perú no falta el ladrillo. Falta el plano arquitectónico.
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